domingo, 8 de marzo de 2015

Carta a una madre que separó a su hija de su padre



"Otra victoria como esta y estamos perdidos"

Pirro de Epiro
318-272 a. C.

Te lo dije claramente: a partir de este momento, eres la única responsable de todo lo que le suceda a nuestra hija.

Puedes decirle que me desaparecí de su vida. Tienes el poder de hacerlo porque nuestra hija solo te escucha a ti, porque vive contigo y solo tiene acceso a tu versión.

Puedes decirle que le miento, porque no tienes la capacidad de aceptar que cometiste un error, y ahora no puedes dar marcha atrás: debes seguir con tu convicción aunque esté sostenida en una nube.

Puedes decirle que nunca me he hecho cargo de ella, que tú eres la única que la sostiene. ¿Qué vas a hacer el día que ella vea que siempre he cumplido con mis obligaciones? ¿Qué vas a hacer cuando sepa que tiene escuela, casa y alimento porque tú recibes su pensión de mi parte?

Puedes decirle que al despedirme de ella la estoy abandonando, que siempre tuviste la razón al decirle que no me interesaba, y seguramente te creerá porque no puede preguntarme la razón del adiós que hoy le di, para liberarla de este proceso.

Puedes romper todas las cartas que le he escrito. Puedes tirar a la basura todos los regalos que le he hecho. Pero ya no puedes impedir que ella sepa que tiene un padre que siempre ha luchado por su bien.

Puedes seguir echando tierra y piedras y desechos sobre mi imagen. Nunca podrás impedir que la realidad germine.

Puedes decirle al mundo que soy el peor de los padres, que soy un monstruo que no merece ver crecer a nuestra hija. Muchos te lo creerán como te lo han creído desde que comenzó todo.

Puedes decirle al mundo que le hice lo peor. Necesitas aferrarte a la historia que inventaste, para que tenga justificación todo lo que haces.

Puedes decirte que eres la mejor madre. Repítelo una y otra vez ante el espejo. Lo necesitas. ¿Pero tienes idea de lo que necesita nuestra hija? ¿Te has preguntado alguna vez qué harás para ayudarla a sanar su corazón?

No eres la única que actúa así. En estos meses he visto la escena repetida una y otra vez, con sus variaciones: niñas y niños negándose a estar un rato aunque sea con la mamá o el papá que no vive con ellos, y buscando la mirada satisfecha de quien los tiene en su poder.

Eres tan parecida a esas personas.

Pero ahora ya no podrás echarme la culpa de nada. Tus decisiones son tu responsabilidad y de nadie más.

Lo has conseguido. Me has sacado de la vida de nuestra hija. Ganaste. Quédate con esa creencia, hasta que tu victoria te haya alcanzado.

martes, 16 de diciembre de 2014

Una luciérnaga bajo el sol


 "Traigo un pez globo inflado 
y con cuerdita, 
una caja de crayones, 
una luciérnaga encendida. 
Traigo amaneceres en las manos, 
todos tibios, 
dulces y coloreados,
 un alma en caramelo 
y un corazón portarretratos".

Edel Juárez

Un año más, hija. Uno distinto, porque ahora estamos un poco más cerca y, como te dije, es tiempo de una nueva historia, que escribiremos cada quien a su manera para construir el futuro. Me pregunto cómo seremos cuando veamos a la distancia esto que comienza, me da mucha curiosidad.

Así que imagino que un día iremos juntos al cine a descubrir una película que nos guste a los dos, o que organizamos una comida en la que preparo tu platillo favorito y tú haces un postre de esos que me encantan, o que te miro recibir tu diploma al terminar tu carrera vestida de toga y birrete (o tal vez seas tan iconoclasta como tu padre y rechaces esas convenciones sociales).

Luego pienso que sería fantástico pasear juntos, ir a un concierto de algún grupo o cantante que te guste, quién sabe, tal vez Katie Perry, por ejemplo, y seguro que me sentiré ridículo, fuera de mi elemento, pero feliz de verte feliz. Luego, para compensar, a lo mejor veamos a U2 y tú dirás “osh, música para papás”, pero no podrás ocultar lo bien que lo pasaste.

Subiremos el Cerro del Tepozteco para maravillarnos con el hermoso paisaje del lugar donde viví uno de los mejores momentos de mi juventud. Me preguntarás qué cosas alocadas hice cuando el cabello me caía a media espalda y vestía camisas amplias, yendo de aquí para allá con el diario La Jornada en mi morral de cuero. Y tú verás mis fotos de entonces, divertida. Quizás te parezca risible la moda, o puede que regrese para esos años y la adoptes para tu propio viaje.

Te contaré del restaurante que intentamos sacar adelante un puñado de amigos, de cuando llegaban músicos, actores, titiriteros a ofrecernos sus espectáculos para el lugar que se prestaba perfecto para ello y eran todo un éxito y nuestro lugar iba haciéndose de una reputación, con un nombre que marcaba su vocación: L’Evasione.

Y nos escaparemos a los lugares donde anduve, al río cerca de Amatlán y, si corremos con suerte, veremos  las pozas y las cascadas correr de agua clara. Te platicaré de esas huidas a nadar en el río, cosas de jóvenes que se aventuran para conocer cosas nuevas, de las fiestas para celebrar el gusto de ser.

Habrá muchos personajes, algunos protagónicos junto conmigo; otros incidentales, pasajeros, que jugaron un papel importante en esas historias. Y mientras cae la noche, veremos las luciérnagas dando luz a nuestro andar, como estrellas cercanas solo para nosotros, cautivándonos con su serena magia, invisible bajo el sol.

Justo como cada paso que doy para acortar la distancia entre nosotros. Feliz cumpleaños, hija.

Te ama,

Papá

 Café Tacvba - Las Flores

jueves, 11 de diciembre de 2014

En busca de la mano de mi hija


“El pasado nunca está muerto.
Ni siquiera es pasado”

William Faulkner
Hija:

Después de meses de bloqueo en los que no había podido escribir una sola línea, hoy regreso con una historia que me cautivó tanto que la traduje a nuestro idioma, porque tiene mucho que enseñarnos aun cuando nuestras circunstancias son distintas. En ella, Thom explora sus recuerdos de padre ausente por decisión propia y por la inercia de una historia de vida que a veces parece determinar su destino; también nos cuenta cómo a pesar de ello, ha puesto todo su amor y esfuerzo para encontrar el camino de vuelta a la vida de su hija.

Te ama,

Papá


En busca de la mano de mi hija

Por Thom Bassett

De pronto, Bekah se inclinó hacia adelante, sus codos aterrizaron en la barra de la cocina y sus manos cubrían su cara empapada de lágrimas. Una vez más, trataba de ahogar un sollozo que estalló casi de inmediato como un látigo que me arrojó lejos de ella. Huí a mi dormitorio donde exploté con una sarta de palabras acusadoras, enojadas… esa fue mi reacción a la sacudida que me dio con el estruendo de su llanto.

“El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”, dijo William Faulkner; esa máxima ha dejado de ser un cliché literario en mi vida. Mientras me sentaba ante mi escritorio y escuchaba los pasos lentos de Bekah atravesando la casa entera hasta el tercer piso, descubrí lo férreo de la verdad que nos controlaba: mi hija de 24 años y yo estábamos atrapados en ese momento terrible por nuestra historia.

Abandoné a Bekah y a su madre cuando tenía poco más de dos años de edad, un día antes de Acción de Gracias de 1992. En ese entonces, yo era un niño traumado, prisionero en el cuerpo de un hombre joven, alguien que tenía nada que ofrecer como pareja o como padre. Después de irme, casi nunca aporté para su manutención. Casi siempre ignoré los cumpleaños y las navidades. Sumando el tiempo que la vi desde su primera infancia, hasta después de su graduación de la secundaria, apenas pasamos juntos unas 72 horas.

Hice esfuerzos esporádicos por ir a verla a Texas, mientras daba tumbos de un lugar a otro –Missouri, Colorado, Vermont–. De vez en cuando alguna llamada telefónica torpe, dolorosa. La conexión fue siempre frágil, tan susceptible a la fractura una y otra vez.

Durante esos años, mis repetidas caídas en la depresión y mi lucha contra las adicciones, sin duda influyeron en mi capacidad de construir una relación con una niña que se convirtió en una adolescente cautelosa que se convirtió en una joven mujer ansiosa por conocerme. La única constante era mi silencio… porque resultaba más fácil.

Porque era más fácil repetir el patrón heredado por mi padre biológico, que nos abandonó a mi madre y a mí cuando yo tenía casi la misma edad que Bekah cuando me fui. Porque era más fácil repetir el patrón creado por mi madre y mi padrastro, que ignoraron mis necesidades cuando parecían demasiado difíciles de satisfacer. Porque era más fácil darle a Bekah el mismo egoísmo de alma rota que yo había recibido durante mi crecimiento.

Sin embargo, tengo una suerte inexplicable: el corazón de mi hija era más grande y leal que el mío. A pesar de mi egoísmo y mi ignorancia culpable, ella nunca se rindió. A pesar de mi amor extraviado y confuso, ella seguía abriéndome puertas que no me atrevía a cruzar.


Hace unos años, incluso después de haber ignorado su invitación para asistir a su graduación de la secundaria, Bekah me ofreció tomar un vuelo de cuatro horas desde Texas para visitarme en Rhode Island, donde ahora vivía, cruzar el país de sur a norte, viajar tres mil kilómetros para vernos. Esa primera vez invitó a su novio, luego viajó sola y poco a poco hicimos grandes descubrimientos. En una de aquellas visitas, al explorar el Sendero de la Libertad en Boston, supimos de nuestro mutuo y profundo interés por la historia. En otra ocasión, nos sorprendió encontrar en nuestra agudeza verbal otro rasgo compartido. Después, divertidos, nos dimos cuenta de que nuestra oreja izquierda sobresale un poco más que la derecha.

A medida que el tiempo transcurría, nuestra relación fue madurando de manera singular (aunque la convivencia no siempre fue fácil), hasta el invierno de 2012, cuando Bekah decidió que estaba lista para darle a la universidad otra oportunidad después de haber dejado los estudios temporalmente gracias a un semestre desastroso. Entonces me comunicó que quería vivir con mi novia y yo, para asistir a la universidad donde soy maestro.

De manera sorpresiva, me estaba dando una nueva oportunidad. Podía obtener una educación gratuita, al tiempo que podríamos vivir juntos, de modo que en agosto de 2013, a una edad en la que mayoría de los hijos comienzan su vida independiente, Bekah se mudó a casa de su padre. Así comenzamos una vida bajo el mismo techo por primera vez desde que usaba pañales.

Desde entonces, ambos hemos crecido como seres humano, más cercanos de lo que nunca pensé posible. Nos hemos contado lo que vivió cada uno durante los años perdidos. Estamos encantados por nuestro amor compartido por las almejas a las brasas y los insulsos programas de televisión sobre cazafantasmas. Hemos conversado sobre lo que importa y lo que es insignificante en la vida. Hoy tenemos un lenguaje común, bromas internas y una creciente alacena de recuerdos.

Este verano, mi novia viajó por cuestiones de trabajo, y ahora mi hija y yo estamos atrapados con más fuerza en la paradoja que plantea aquella frase de Faulkner. Desde que estamos solos en casa, he visto en mi hija a una joven mujer independiente y segura de sí misma, que al mismo tiempo, de manera progresiva e inconsciente, se comporta como la adolescente que intenta destrozar la paciencia de su padre al poner a todo volumen una insufrible canción de rap; luego es la niña de diez años que quiere el consuelo de papá cuando le duele el estómago. Entonces encuentro en su mirada las mismas expresiones de las pocas imágenes que poseo de su infancia.

Tal vez nada de eso sea noticia para los padres que han criado a sus hijos. Para mí, ha sido un descubrimiento profundo. Mientras voy conociendo a la Bekah de hoy, aprendo también a entender cómo se manifiesta la Bekah que sigue siendo quien era, mientras yo estaba ausente y lejano. Ese tiempo nunca podremos recuperarlo, pero tenemos momentos en los que experimentamos juntos, de manera fugaz, lo que debimos vivir en el pasado.

Al mismo tiempo, mientras más crece la confianza que vamos tejiendo juntos, más llegan a la superficie de nuestra vida nueva su rabia y su dolor por haberla privado de todo esto durante la mayor parte de su vida. El pasado no está muerto.


Así que hace unos días, sin advertencia alguna, lo que debió ser una conversación cualquiera en la cocina sobre un asunto cualquiera se convirtió en una batalla. Ninguno podía decir lo que sentía, ni siquiera entendíamos lo que estábamos sintiendo. Y terminamos cada uno por su lado, separados por una escalera y años de dolor.

Sin embargo, el presente no es sólo el pasado. A lo largo de estos quince meses maravillosos y desgarradores, he aprendido que debo enfocarme en amar a mi hija incondicionalmente.

Esa noche, salió para calmarse dando un paseo; yo le envié un mensaje diciéndole que podríamos hablar cuando ella se sintiera lista y que sentía mucho haberme salido de control. Era sólo un correo electrónico, pero supe que era importante que yo abriera la puerta primero. Bekah respondió más tarde que aún se sentía demasiado molesta para hablar de lo sucedido.

Pasaron dos días de un tenso silencio. La incertidumbre me atormentaba; quería hablar, tomarla en mis brazos, llorar, pero no hice nada de eso. Sólo traté de mostrar una tranquilidad que no sentía.

Al fin, Bekah pidió que habláramos. Sus grandes ojos verdes se llenaron de lágrimas al confesar su miedo de expresar toda su tristeza y su ira. Miedo de que si lo expresa, de nuevo haga lo que he hecho tantas veces antes: abandonarla.

El amor –ahora lo entiendo– es tan imperfecto como el corazón en el que reside. Sin duda cometeré otros errores. Pero después de escuchar a Bekah confesar su miedo, jamás volveré a alejarme de ella. Ni siquiera cuando me sienta completamente abrumado.

Se lo he dicho y ella no me cree. Entiendo que dude, a pesar de lo lejos que hemos llegado; mi hija tiene derecho dudar de mí.

Pero no importa lo que ella pueda o no creer. Siempre voy a lamentar las innumerables oportunidades de tomar la mano de mi hija que perdí durante tantos años. No importa lo que me reproche de nuestro pasado: me quedaré con ella. En la misma sala, con el mismo cúmulo de tiempo, bajo la misma tormenta de emociones. En lugar de dar la media vuelta, sostendré su mirada. En lugar de soltar su mano, mantendré la mía firme y fuerte.

http://goodmenproject.com/families/finding-my-daughters-hand-gmp/#sthash.zSjhKYOp.dpuf


lunes, 30 de junio de 2014

Volver al corazón




Y uniré las puntas de un mismo lazo
Y me iré tranquilo, me iré despacio
Y te daré todo y me darás algo
Algo que me alivie un poco más

Fito Páez

¿Para qué sirve recordar? Esa pregunta me ha movido durante los últimos meses, desde que logré verte de nuevo. Y no encuentro una respuesta sencilla, solo ideas sueltas sobre cómo lograr que reconozcas a este, tu padre. A veces, quisiera que la memoria te devolviera aquellos momentos en los que te ponías feliz al verme cuando salías de la escuela y corrías para echarte a mis brazos, o cuando cantábamos “Estrellita, ¿dónde estás? / Quiero verte titilar / En el bosque y en mar / Un diamante de verdad”.

O cuando íbamos por ahí y querías saltar del lugar más alto que encontraras, para enseñarme y probarte que puedes lograr lo que te propongas. O las fiestas en las que mirabas contenta a tu abuela cantar y luego la tomabas de la mano para que te llevara a un juego, o para que fuera tu cómplice en el juego de darle una probadita al pastel antes que todos.

Momentos como cuando platicabas y platicabas y yo te decía “ya es hora de dormir, corazoncito”, y tú me decías que sí, que ya te ibas a dormir, para seguir platicando otro rato, hasta que me decías “papá, ¿me abrazas?” o “papá, ¿me cantas como cuando era chiquita?”, y yo te arrullaba hasta que empezabas a soñar.

¿Dónde guarda tu memoria todos esos momentos? No lo sé. Mis propios recuerdos tempranos son muy difusos: me traen una tarde en un columpio, cuando quise imitar a los niños más grandes que se columpiaban de pie, pero nadie me dijo que debía hacerlo con ambas manos, así que volé para estrellarme contra el pavimento y ganarme una de mis primeras cicatrices. Luego, una pendiente y yo bajando a toda velocidad (la que se puede tener a los tres años) sintiendo el aire en mi frente. Mi mano acariciando el pelo suave del perro de mis abuelos, Topo, que me daba la patita cuando se lo pedía y a mí me impresionaba tanto ese gesto, que pensaba que tal vez podía hablar también. Un pequeño disco con un dibujo en forma de elipse, que se convertía en un remolino al girar y yo mirándolo fascinado mientras me iba quedando dormido en la colchonetita, junto con mis compañeros en la guardería.

Esas remembranzas tienen algo que reconforta, aunque sean muy breves y ligeros. A la mitad de la vida, traer esos y otros recuerdos me ha permitido descubrir cosas que no había visto antes, reconciliarme con mi padre, comprender los errores de él y de mi madre.

Las palabras también tienen su historia y su herencia. Por ejemplo, la palabra recordar significa retornar al corazón, porque en la antigüedad, se creía que el corazón es el lugar de la memoria. Incluso hoy, cuando hablamos de los sentimientos, nos referimos al corazón. Y no lo sé, pero cuando algo duele, lo siento aquí, a la altura del pecho donde late; cuando estoy eufórico, se acelera igual que cuando me hierve la sangre.

Quisiera decirle a tu memoria que le dé a tu corazón los momentos felices, para que me abraces y me des tu manita de nuevo, y platiquemos de lo que tú quieras y me hagas olvidar otra vez mi timidez para cantarte delante de quien sea, o llorar de emoción sin que me avergüence hacerlo ante cualquier desconocido.

Yo regreso siempre a él para darme fuerzas y encontrar respuestas que tal vez lleguen en mi sueño. Incluso un corazón roto tiene la capacidad de curarse a través de la memoria.

Hay sorpresas que nos da la vida para que las conservemos el resto de nuestros días. Tú me diste una hermosa sorpresa del Día del Padre que ya está en mi corazón. Cada día la miro y me dice que todo lo que he luchado brinda frutos, que ahora estaré presente en tu vida… la clave está en crear algo nuevo, con lo que el corazón nos dé para hacerlo.

Te ama,

Papá




miércoles, 30 de abril de 2014

Tus ojos



Cuando un camino se sigue
o se elige o se encuentra, es el único:
toda fuga es vana
cuando las alas están maduras
cuando las palabras llegan en bandada
a picotearme las manos.

Es así que me gasto la vida:
pongo en juego los ojos, la piel, la risa;
me basta si quedan los huesos
para fertilizar la tierra.

Como única bandera una canción de amor
y si después sólo quedan las palabras
(o el amor) es suficiente.

Rebeca Jaramillo

Hay cosas que permanecen con el paso del tiempo. Son las pequeñas cosas que nos hacen reconocer a nuestros seres queridos, aun cuando por cualquier razón hayamos estado lejos de ellos. Puede que los encontremos distintos, pero siempre están ahí en un gesto, en una sonrisa, en una palabra, en una forma de hacer silencio.

Comparten algo en común con los sitios que rodean nuestra vida cotidiana, que también han visto nuestros padres y nuestros abuelos y los suyos antes. Tienen forma de constelaciones, de montañas, de árboles cuya edad nadie conoce con certeza. Ellos le dan identidad a los lugares donde crecemos y, al mismo tiempo, nos orientan, sin la necesidad imperiosa de un mapa: gracias a ellos ubicamos los cuatro puntos cardinales.

Cuando regresamos de un viaje corto o largo, la sensación es la misma (a veces más intensa): al verlos, sabemos que hemos vuelto a casa. El paisaje tiene un impacto sobre la emoción y también sobre el cuerpo; el vértigo es igual a las ganas inmensas de contar lo que hemos visto durante el tiempo que estuvimos lejos. Uno quiere mostrar lo que ha traído consigo cuanto antes.

Algo así encontré después pasar contigo nuestro primer par de horas en cuatro años: escuchar el timbre de tu voz que conserva su melodía ligera como de viento fresco, mirar tus expresiones que han crecido guardando la espontaneidad de los años en que comenzaba a expresarse tu carácter.

Has cambiado mucho desde aquella tarde en que nos vimos hace cuatro años y me sorprende cuánto has crecido. Mientras te veía jugar, platicar, reír, descubría lo que permanece, porque la raíz y el tronco de un árbol son los mismos, sólo van desarrollándose con el paso del tiempo.

Y tus ojos siguen hablando como lo hacían cuando aún no articulabas palabras. Te mostré la foto que llevo como carátula en el celular y te miraste sorprendida “Estaba bien bebé”, dijiste. Me dio ternura tu frase, porque en aquellos días siempre decías “Ya no soy una bebé, papá, soy una niña grande”. Tú misma viste cuánto has cambiado; y te reconociste porque tu sonrisa es la misma.

Quienes iban contigo te dijeron que no te conozco, pero eso no es cierto: eres tú quien no me conoce. Por eso escribo estas palabras, por eso voy dejando mi huella para que sepas quién soy.

No tengo idea de cómo queden en tu memoria esas primeras horas que compartimos después de estos cuatro años. Sólo sé que vas a recordarla como nuestro día.

Yo nunca olvidaré tus palabras, las tuyas y las que te han impuesto. Porque te conozco, sé bien cuando hablas tú y cuando hablan en tu voz quienes siguen aferrados a una convicción atroz, que me transforma en un ser que nada tiene que ver conmigo.

En los momentos más difíciles y tensos, atrapada en la cerrazón adulta, tu mirada me hablaba de miedo, de confusión. Debes recordar lo que te dije: cuando crezcas entenderás mucho de lo hoy está pasando.

Un día, los hijos se convierten en jueces de sus padres. Es fácil hacerlo: el verdadero reto es juzgarlos con justicia. A partir de ahora, veo que vas a crecer con una idea equivocada de mí. Si quienes la han sembrado nunca han querido dialogar conmigo para convencerse de lo equivocados que están, será tu tarea buscar las respuestas en el lugar correcto, es decir, con tu padre al que han convertido en un monstruo. Sólo así podrás juzgarme bien.

La vida es un viaje difícil. Tomamos decisiones constantemente,  nos equivocamos, nos caemos y tal vez nos queden cicatrices, como recuerdo del dolor, pero no podemos dolernos para siempre; hay que seguir adelante.

De esa misma manera se va definiendo lo que dará sentido a nuestra vida, la vocación, el camino. Tal vez ni siquiera podamos describirlo con precisión, pero lo identificamos.

A veces, al escribirte, no sé si hablarle a la niña que eres hoy o la joven o la mujer que un día serás, así que sólo dejo que mi amor de padre te hable en todas tus edades.

Ante tus ojos, dejo estas señales para que encuentres en ellas a tu padre real, a mí, cuando puedas despertar.

Te ama,


Papá

sábado, 22 de marzo de 2014

El fin de la vida






A la larga,
todos los seres son memoria

Jorge Luis Borges

A la memoria de Rosario Reveles
y Eduardo del Castillo

¿Qué hacemos aquí? ¿Gastar días para acercarnos más al otro lado? ¿Aprender a andar y tomar cuantos caminos encontremos, perdernos de vez en cuando o permanentemente? ¿Mirarnos a los ojos con gente que tal vez se quede o se vaya o la dejemos ir? ¿Herir sin querer o apuntando directo al corazón? ¿Crecer las ideas, plantar una semilla que alimente a muchos como herencia? ¿Maravillarse con los misterios de la existencia? ¿Ser indiferente ante lo que le suceda a cualquier otro ser? ¿Empacharnos de conocimiento o ignorancia? ¿Qué hacemos aquí?

Cuando tenía unos ocho años, mi bisabuelo Genaro partió. Esa fue la primera muerte en mi vida durante mucho tiempo. Recuerdo que cuando estaba muy enfermo, fuimos mis padres, mi hermano y yo a un hospital que tenía poco de construido: una estructura de concreto tan de moda en aquellos años, un edificio diseñado para funcionar nada más, como una enorme caja gris, fría, ausente de todo intento de belleza o magnificencia o cuando menos algo de calidez.

Ahí nos hicieron esperar a los niños. Subió primero mi mamá, porque las reglas del sistema hospitalario dictaban que solo una persona podía entrar a verlo. Después le tocó a mi papá. Nosotros no entendíamos lo que ocurría; sólo sabíamos que el bisabuelo estaba enfermo. Cuando nuestro padre volvió, creímos que era el turno de cualquiera de nosotros, pero no fue así porque, nos explicaron, los niños no podían entrar a las salas donde estaban los enfermos.

No me gustó nada esa noticia. Quería estar con el bisabuelo, preguntarle cuándo saldría de ahí para llevarnos a montar en su caballo, para platicarnos sus historias de hombre del camino, para hacernos reír ante el fuego mientras la bisabuela Margarita preparaba la comida y deliciosas tortillas a mano.

Partió una semana después. Su funeral fue para mí como una especie de sueño, en el que vi por primera vez a mi abuela, su única hija, llorando como una niña; a mis padres sollozando en silencio; a decenas de personas pasando ante el féretro y otras cantando en un idioma desconocido para mí. Pero yo no creía que se hubiera ido. Lo miré en su ataúd y me convencí de que estaba dormido. Los meses siguientes, despertaba llorando porque en sueños me hizo saber que ya nunca regresaría.

Tal vez aquella negación era la forma de expresar que no pude decirle adiós. Él era tan importante para mí, que no entendía su partida. Sin embargo, su legado estaba intacto a través de las historias que nos contó sobre el tiempo de la Revolución Mexicana, de las penurias que pasó huyendo de los soldados, del hambre que provocó la guerra. Pero también de las noches en las que viajaba por los caminos que solo los arrieros conocían, atravesando serranías, bosques, ríos. De la gente que conoció aquí y allá.

Su generosidad era bien conocida por todo el pueblo. Su honestidad y justicia también. Alguna vez se enfrentó a la corrupción de los gobernantes posrevolucionarios, lo que llevó a que su pueblo lo obligara a ser líder de la comunidad, aunque él no lo deseaba.

Después de que dejó el cargo, todavía lo buscaba gente para resolver disputas familiares o sobre la tierra, que era lo más preciado que poseían las personas del lugar; incluso cuando una pareja quería casarse, o algún hombre deseaba ser presidente municipal, llegaban a pedirle su bendición. Cada maestro nuevo en la escuela, cada cura nuevo en la parroquia llegaban a presentarse con él. Recuerdo que a veces llegaban a verlo personas que traían grabadoras y mis padres me explicaban que eran historiadores, sociólogos o antropólogos que iban a pedirle su testimonio.

Y es que el hombre era bueno para contar historias. A pesar de que nunca pisó un aula, sabía cómo transmitir las ideas, las imágenes, y en el Consejo de los Viejos del pueblo, su palabra era una de las más respetadas. Tal vez me heredó esa facilidad para narrar y hoy su voz esté mezclada con la mía. 

Entre todo lo que guardo en mi memoria está él hablándonos de que una buena persona es honesta y justa, que sabe escuchar y defender lo que reconoce como correcto; luego, nos señalaba un águila en vuelo, una estrella fugaz, un árbol mágico, porque el mundo es vasto y hermoso.

Mis padres y mis abuelos de vez en cuando nos decían que también tenía defectos: su mal carácter, su terquedad. Pero lo que importaba eran sus enseñanzas, las mismas que le transmitió a sus hijos y ellos a los propios y así en adelante.

La vida me ha enseñado que hay tiempos para aprender, otros para construir y sembrar, otros para transmitir todo lo que se ha cosechado. Siempre hay distintos caminos, unos más sencillos, otros muy duros. A veces elegimos erróneamente, pero solo en apariencia porque aún así recibimos alguna lección. Cada quien hará con eso lo que pueda.

Durante los años recientes, he dicho adiós a distintas personas importantes en mi vida. Cada uno de esos adioses ha sido difícil pero inolvidable, porque el tiempo que compartimos dejó huellas en mí, que de alguna manera he de transmitir y dejar para cuando yo mismo parta. Hay tiempos para despedirse también. 

Hoy sé que hay quienes hacen de la vida un propósito y quienes simplemente pasan de largo. Existen tantas formas de vivir como personas hay. Yo he elegido con la convicción de que los caminos sencillos son los menos enriquecedores. Me he perdido pero he encontrado. He llegado a distintos lugares y he conocido muchos tipos de gente. Algunas se han ido, de otras me he alejado a veces con dolor y a veces con alivio.

Prefiero plantar semillas que alimenten a otros, que acumular años sin sentido. Mirar a los ojos a la gente y tratar de entenderla sin juzgarla. No herir a nadie, aunque no siempre he podido evitarlo. Aprender, enseñar, ayudar a quienes lo necesiten y lo permitan. Buscar historias, adivinarlas, contarlas, escudriñarlas.

Y al final, volver a esa voz silenciosa que me hace escuchar los trinos de las aves despertando, mirar esas estrellas que guiaron a nuestros ancestros, otear el aire cuando va a llover, beber el agua fresca de los manantiales que son para el alma, sentir la tierra bajo mis pies, firme, serena, invitante. Como cuando era aquel niño a quien el bisabuelo enseñó que la vida no acaba si tiene un fin.

Te ama,

Papá


domingo, 2 de febrero de 2014

Nuestro día




Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso


En cada ciudad hay lugares que irradian cierta energía que todos los habitantes reciben en algún momento de su vida. La Alameda de la Ciudad de México es uno de ellos. Ha visto millones de historias deambular por sus caminos, refrescarse con la brisa de sus fuentes, durante cuatro siglos. Ha tenido periodos de esplendor y de decadencia. Hoy tiene un aire renovado que hace muy reconfortante atravesar por ahí.


Ese lugar histórico en distintos sentidos ha visto pasar revoluciones, dramas, alegrías, celebraciones. La Alameda está rodeada de edificios que marcan distintas formas de ver el mundo: exconventos coloniales que hoy albergan museos; majestuosos edificios neoclásicos que rinden culto a la idea decimonónica del progreso; funcionales construcciones art decó que aún invocan un nuevo día de prosperidad para todos que nunca ha llegado; un Palacio de las Bellas Artes donde habita el espíritu creativo. Hay otros que hoy deben tener unos diez años, erigidos sobre las ruinas de los que derrumbó el terremoto de 1985; entre ellos está el lugar que ha marcado ya un lustro de nuestras vidas, donde se encuentran los juzgados familiares.

Llegué temprano ese día para el que me prepararon los sueños que te conté. Salí nervioso de casa; conforme me acercaba, la agitación crecía. Sin embargo, cuando caminé por La Alameda, empecé a sentirme más tranquilo entre sus calzadas remodeladas, bajo las sombras de sus árboles. Así crucé la avenida que divide al parque de los tribunales y subí hasta el piso donde está el juzgado.

El tiempo pasaba y no llegabas, pero estaba seguro de que lo harías. Mis únicas dudas eran: ¿me reconocerías? ¿Me dejarían hablarte? Y seguían avanzando los minutos, entre personas que iban y venían al archivo, otras revisaban expedientes de cientos de hojas, otras cosían más hojas a más expedientes.

Y de pronto tú. Entre mamá, los abuelos y tu tía, tú. Justo como te vi en el sueño, con ese andar tan tuyo, ligera, curiosa, segura de ti misma, caminando de puntitas de vez en cuando, como elevándote sobre la mundana incomprensión de los adultos. Y esa misma emoción del primer sueño me iluminaba, mientras tú ibas de un lado a otro. Esa mañana supe que debía ser receptivo ante la incertidumbre y así lo hice, entregado a la espera.

En los juzgados de la Ciudad de México, los pocos muros que hay son de cristal, para decir a quienes entramos que la justicia es transparente. En uno de esos muros, frente a mí a unos cuatro metros, jugabas poniendo tus manos como hacen los mimos cuando tocan paredes invisibles. Habían pasado varios minutos sin que me vieras. Hasta que tu mirada se encontró con una que reconociste, que latía muy fuerte acompañada por una gran sonrisa. Abriste más tus ojos grandes, te quedaste congelada dos segundos y entonces moviste tu manita mientras musitabas un “Hola”.

Te respondí igual, en silencio y agitando suavemente mi mano. Luego diste la media vuelta para regresar con ellos, asomándote a ratos para verme de nuevo, midiendo sus reacciones, hasta que te sentiste libre de saludarme una y otra vez, de lejos.

Primera oleada de felicidad, primera pregunta resuelta: al verme, supiste que ahí estaba papá. Casi cuatro años no pudieron borrarme de tu recuerdo. Cuando llamaron a mamá para que te llevara a la audiencia, me seguiste en todo momento con la mirada. Ernesto (mi abogado) y yo nos fuimos hacia otro lugar, para ver de lejos cómo platicaban contigo. Sonreías, conversabas, volteabas a verme otra vez, me volvías a decir hola y yo te respondía contento.

Así pasó no sé cuánto tiempo. Y yo te veía como para compensar esos años de no haberte visto un solo momento. Luego nos llamaron de nuevo. Me acerqué al escritorio, nos miramos sonriendo; la representante de los niños te dijo “Aquí está tu papá, ¿quieres saludarlo?”, “Sí, sí quiero”, pero dudaste un segundo para voltear con mamá “¿Sí puedo?” y ella lo permitió. La representante quitó la silla que te impedía pasar y te acercaste a mí sin una sola duda, yo puse una rodilla en el suelo para recibirte, te abracé y te di un beso en la mejilla “Hola, corazón, ¿cómo estás?”, “Muy bien, papá, ¿y tú?”, “Muy bien corazón, ¿me das un beso?”, “Sí, papá”.

Todas las palabras que no he podido decirte en tanto tiempo se transformaron en un “Te he extrañado mucho, mi amor”, “Yo también, papi. Cuando tenía cinco años, una vez le dije a mi mamá que quería verte. Mamá, ¿verdad que te dije que quería ver a mi papá cuando tenía cinco años”, “Sí, ¿y qué te dije?”, “No me acuerdo, pero yo quería ver a mi papá”.

Con tus manitas en las mías, no sé si te dije lo bonita que estabas o solo pude pensarlo entre todas las cosas que quería expresarte. Compartimos otras palabras, acaricié tu mejilla y alguien me puso una mano en el hombro para avisarme que tenías que hablar con el juez.

Minutos después, cuando saliste, una vez más me acerqué a ti, “¿Puedo darte un abrazo, mi amor?”, “Sí, papá”, “Te amo, corazón”, “Y yo a ti, papá”… era tanta mi emoción que no recuerdo lo que te dije después. Luego nos interrumpieron de nuevo: teníamos que entrar con el juez mamá y yo. Me puse de pie y apenas alcanzaste a comentarme “Ya estoy en segundo año de primaria, papi”, “Sí, mi vida, lo sé, ¿nos esperas tantito?”. Y solo soltaste mi mano hasta que ya no era posible estirar más nuestros dedos.

La segunda oleada de felicidad que llegó con nuestro primer abrazo está aquí, hasta el fondo de mi corazón. Ahora sabes que nunca he dejado de buscarte. Y yo sé que este vínculo tan sólido construido entre desvelos, juegos, risas y aprendizajes no se ha debilitado por nada en el mundo. El camino ha sido duro, pero jamás me he rendido, ni me rendiré.

Nuestra historia ya está entre las millones que La Alameda ha atestiguado. Cada vez que te haga falta inspiración para seguir adelante, recuerda La Alameda que permanecerá ahí porque la belleza nos ayuda a vivir. Siempre que la recorras, encontrarás otra huella de tu padre que simboliza la tenacidad; recuerda que llevas esa energía en ti. Y cuando el camino sea difícil y necesites un impulso, recuerda también la fecha de este reencuentro, tan intenso y hermoso como cuando naciste. Nuestro día.

Te ama,

Papá


martes, 28 de enero de 2014

Abre los ojos al nuevo día




–¿Qué pasaría si yo me perdiera?– Le preguntó María. 
–Te buscaría–. Respondió Max, su padre.
–¿Qué pasaría si me estuviera ahogando?
–Te rescataría.
–¿Qué pasaría si me enfermara?
–Te curaría.
–¿Qué pasaría si tuviera mucho frío?
–Te conseguiría un abrigo.
–¿Qué pasaría si no pudieras protegerme?
–Me sentiría muy mal.

En ese momento, los ojos de Max
se llenaron de lágrimas.
Una gota gorda, inmensa,
salada y reluciente cayó de su ojo.

Juan Villoro

I

Entro a la oficina del juez donde hay sillas dispuestas en media luna. Tomo asiento en la que está justo en medio. He sido el primero en llegar y observo que hay mucha tranquilidad alrededor. La luz que entra por los ventanales es más clara, serena, como si mostrara que todo está limpio para lo viene.

Poco a poco llega más gente. Algunos hombres, algunas mujeres, vestidos todos de manera muy formal. Solemnes pero amables. Distantes pero atentos. Todos conversan entre sí y todos me saludan al llegar; yo respondo gentil, con un movimiento de cabeza sin mediar palabra.

Dejo claro que mi silencio taciturno se debe a la espera, a la preparación para lo que viene. Ellos lo entienden y lo respetan. Ahora que sé que nadie intentará conversar conmigo, trato de pensar, pero solo siento un vértigo que se convierte en imágenes de tantos momentos contigo: tu llegada al mundo, tus ojos en los míos, los arrullos, las risas, los momentos difíciles.

Cuando me doy cuenta, ha llegado más gente. Tanta, que delante de mí han puesto otra fila de sillas. Hay un barullo que termina cuando entra por último el juez. Todos toman asiento callados. “Estamos listos. Ahora sí pueden traer a la niña”, ordena.

Pongo la mirada en la puerta de cristal translúcido. Tengo mi corazón en los ojos, que laten muy rápido. Estoy expectante, feliz, temeroso. No sé qué esperar. Lo que viene ha llegado acompañado por ti.

Entras curiosa, traes en los brazos un peluche, como si trajeras a un amigo para que te haga compañía entre tanto desconocido. Yo te miro y la emoción me deja mudo. Mientras, tú vas con ese paso ligero tan tuyo, de pronto de puntitas, erguida y buscando entre todas las caras una sola. Sin poder hablar, veo cómo pasas entre todos. Hasta que me encuentras.

Y sin más te echas a mis brazos, te aferras suave pero firme a mi cuello, mientras hundes tu carita en mi pecho. Yo te abrazo y te digo “Te amo, hija, te amo”, “Y yo a ti, papá… te extrañé mucho”, “Ahora estamos juntos de nuevo, mi vida”. Luego, ambos nos quedamos callados, sin soltarnos.  

II

Ante mí está un lago que tiene la extensión de la Ciudad de México. Está rodeado de un bosque muy tupido. El cielo azul se refleja en el agua. No hay nadie más conmigo y dejo que esta belleza me envuelva, como lo he hecho a lo largo de mi vida cada que estoy en su presencia.

Entonces, una voz interior me dice que debo ir a la otra orilla del lago, donde está mi destino.

III

Abro los ojos al nuevo día. Me preparo como puedo hacerlo, después de dos sueños así.

Hoy te veré, después de casi cuatro años. No sé qué pensar, justo como en el primer sueño. Pero sé que hay diferentes posibilidades y que deseo profundamente que me abraces como en esa escena, para poder decirte “Aquí estoy, vida, siempre he luchado por ti, siempre lo haré”.

Mientras la hora se acerca, me siento cada vez más emocionado. Intento prepararme para todo, pero no hay certidumbre. Entonces sé que debo ser receptivo.

Mi guía es el amor. La dignidad es mi rostro. El dolor que he sentido durante estos años, es mi vehículo. Tienes un padre imperfecto que, a pesar de todo, puede brindarte lo que necesitas. Tienes un padre, aunque te lo hayan negado por lo que sea: capricho, error, malicia, ceguera. Tienes un padre.

Me han arrebatado cuatro años. Tal vez hoy sea un desconocido para ti. Eso duele, duele mucho. Cuando un hombre se convierte en padre, sabe que un día la vida se llevará a sus hijos porque ellos tienen su propio camino. Entonces tiene claro que debe prepararlos y prepararse para ese día.

Cuando nos quitan de manera injusta a nuestros hijos, muchas personas que ignoran lo que nos pasa, creen que lo que seguirá es que nos olvidemos de ellos, porque podemos tener más hijos. ¿Existe algo más falso? Nada sustituye a los hijos que nos quitan. No existe cura para el dolor de saber que en algún lugar están ellos, que pueden necesitar de nuestra ayuda, de nuestra guía, de nuestro impulso.

Por eso estaré ahí, emocionado porque al fin he conseguido verte. Tengo la fuerza que me ha dado la perseverancia. Si me abrazas, te abrazaré. Si no lo haces, te diré que la puerta está abierta siempre.

Te ama,

Papá


ELLA

Ella llegó a mi vida
Como una visión envuelta en oro
La belleza entera fundida en un pequeño ser

El cielo convertido en amor
Iluminó mis lágrimas
Porque en los brazos tenía a un ángel

Su sonrisa me toca el alma
Su sola presencia
Le da sentido a mi existencia

Tal vez nunca sepa
Que al darme la mano
Me regaló un soplo de vida

Una y otra vez
Daría todo por ella
Mi último aliento si es necesario

Y la vida dirá
Cuánto tiempo habrá de quedarse
En los brazos de papá

No puedo aferrarla a mí por siempre
Sé que el amor necesita volar
Sé que mi ángel debe volar

(Adaptación de la canción de Tony Hadley)


lunes, 16 de diciembre de 2013

Un alma inconquistable


La mejor gloria no es nunca caer,
sino levantarse siempre

Nelson Mandela, 1918-2013

Mi vida linda:

Hoy se cumple un año más de aquella hermosa primera vez que te tuve en mis brazos. Siempre recordaré el momento en que las ginecólogas te ayudaron a llegar al mundo, el llanto que liberaste para tener tu primera bocanada de aire y las palabras de la pediatra: “lo felicito, tiene una niña completamente sana”. 

Ese día supe que mi vida pasaba de preocuparme sólo por mí, a construir un camino que fuera útil para ti también, para que el día en que llegue la hora, construyas el tuyo. Sinceramente, también experimenté esa angustia tan común entre quienes tienen esta experiencia por primera vez: ¿seré un buen padre? ¿Cómo hago para ser un buen padre?

Nadie puede responderlo. Pero lo que sí puedo hacer es heredarte un ejemplo concreto, humano, imperfecto: una enseñanza. Eso es lo que quiero obsequiarte en este día, con el sol de invierno iluminándonos.

¿Sabes? Tu padre creció en una atmósfera donde se respiraba el derecho a ser libre y a tener una vida en la que nadie te impusiera un lugar por tu raza, posición social o género. Abundaban los libros, las conversaciones de adultos donde se hablaba de los Derechos Humanos, la responsabilidad ciudadana de luchar por ellos, los logros, lo mucho que faltaba por alcanzar. Conocí a mujeres y a hombres que llevan en la piel las marcas de lo que gobiernos hacían –en México, Argentina, Uruguay, Chile, Puerto Rico– a quienes creían en la posibilidad de construir una sociedad más justa.

Hacia la segunda mitad de los ochentas, como muchos otros adolescentes, me enteraba de lo que sucedía en el mundo a través de la radio, ciertas revistas y ciertos diarios; si querías tener una visión más abierta del mundo, no debías confiar nunca en la televisión (cosa que no ha cambiado demasiado). En esa década cuando todavía no existía internet, intercambiaba información con amigos, con algunos jóvenes mayores que yo, con los pocos adultos dispuestos a escuchar e intercambiar ideas con quienes empezábamos a ejercitar nuestro criterio. Así, encontré otras historias muy lejanas, que no tenían que ver con la historia del continente americano. Aparentemente.

Faltaba poco para que el Muro de Berlín fuese derribado, aún perduraba la Guerra Fría y la división entre el bloque occidental, encabezado por Estados Unidos, y el bloque comunista, liderado por la hoy desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

En la fiebre que hubo durante esos años por lo que llamaban El Compromiso, muchos de los músicos que escuchábamos se involucraron en la defensa de los Derechos Humanos. Generalmente, volteaban hacia los llamados “países del tercer mundo”, naciones sin la riqueza ni la fuerza para ser parte de ninguno de los dos bloques, un tanto a merced de la rivalidad de los más fuertes.

Estos músicos que llegaban a millones de jóvenes, nos aportaban visiones sobre la injusticia a la que eran sometidas personas y sociedades enteras. Entre esas historias, llegó a mí la de Nelson Mandela, preso desde hacia unos 22 años por su oposición al gobierno de su país, que segregaba a la raza negra. Como siempre, mi curiosidad me llevó a investigar más sobre el tema, pero en esos días no existía ese simple escribir un nombre en Google y dar clic, así que tomé la enciclopedia de historia universal que teníamos en casa y pude conocer un poco más acerca de Sudáfrica, el origen del régimen del Apartheid, la supremacía blanca. Alguna vez, haciendo tarea para mi clase de inglés en la Biblioteca Benjamín Franklin, pude conocer otro poquito sobre Sudáfrica, pero casi nada sobre Mandela.

En realidad, mi fuente principal de información sobre él procedía de los conciertos que se organizaban para difundir los Derechos Humanos, en los que gente como Peter Gabriel, U2, Simple Minds, nos daban noticias acerca de injusticias como las que se cometían en contra de algunas personas que encabezaban o iconizaban el dolor de sociedades enteras.

De alguna manera, lo poco que pude saber sobre él, me hizo verlo como un Mahatma Gandhi contemporáneo. A través de los siguientes años, llegué a oír que líderes de potencias occidentales lo consideraban un terrorista, que la URSS imprimió sellos postales con su imagen. No sé si era mi impresión o por lo atento que estaba de él, pero cada vez escuchaba más sobre lo que pasaba en Sudáfrica y que mucha gente estaba presionando para que fuese liberado.

En 1988, mientras en México se preparaba un fraude que haría presidente a Carlos Salinas, el 11 de junio se llevó a cabo en Londres un concierto en el estadio de Wembley para homenajear a Mandela por su cumpleaños número setenta. No sé si él se haya enterado del evento, pero llegó a millones de personas y representó una presión enorme para el gobierno sudafricano, así que un año y medio después, en febrero de 1990, finalmente la justicia ganó la partida y Mandela fue liberado. A mis 17 años, con inocencia adolescente, me sentí alegre porque significaba para mí y muchas otras personas que podía haber un mundo mejor.

Seguí con mi vida, siempre atento a Madiba –como supe en la década pasada que le llamaban con cariño y profundo respeto–. Me emocioné cuando ganó las elecciones en 1994 y encabezó una muy compleja transición que unificó a los distintos pueblos y razas de su país. ¡Quién pensaría que un hombre de su edad tendría la energía para hacer algo así! Pues lo hizo, sacudiéndose el rencor que pudo haber cultivado en su alma durante esos veintisiete años, inspirando a su gente y a millones de personas más allá de sus fronteras.

Cuando niño, en la primaria aprendí a ver a un Padre de la Patria como un ser casi fantástico, perfecto, sin manchas. Conocer a un hombre al que en vida bautizaron así en su nación, le daba un giro de 180 grados a lo que me enseñaron. Éste era un personaje con sus fallas, que no pretendía ser perfecto, incluso sonreía y bromeaba con calidez. Empuñó las armas antes de ser encarcelado, porque llegó a convencerse de que ese era el único camino que le dejaban, pero en su vejez, lideró a un país que estaba al borde de la guerra con el báculo de la paz y la reconciliación. La crónica que ligo aquí lo explica mucho mejor que yo

Otra coincidencia: el año en que terminó la relación entre tus padres, se estrenó una película que cuenta un capítulo histórico para aquel país. En 1995, durante el primer año de la presidencia de Mandela, se organizó el mundial de rugby en Sudáfrica. El primer presidente negro del país, convirtió ese evento en un paso estratégico para la reconciliación. Según lo que se plantea en la narración, Madiba dio a los jugadores de la selección sudafricana un pedazo de lo que le ayudó a derrotar todo lo que estaba en su contra, un poema escrito un siglo atrás por otro hombre con una vida dura:

En la noche que me envuelve
Negra como un pozo insondable
Doy gracias al Dios que fuere
Por mi alma inconquistable

En las garras de las circunstancias
No he gemido ni llorado
Ante las puñaladas del azar
Si bien he sangrado, jamás me he postrado

Más allá de este lugar de ira y llanto
Acecha la oscuridad con su dolor
No obstante la amenaza de los años
Me halla y me hallará sin temor

Ya no importa cuán recto haya sido el camino
Ni cuántos castigos lleve a la espalda
Soy el amo de mi destino
Soy el capitán de mi alma

El poema se llama Invictus, y lo escribió William Ernest Henley. Mandela lo repetía como un mantra cuando estaba en prisión.

Hace once días partió Madiba. La noche anterior, Daniela y yo habíamos visto nuevamente aquella película del mismo nombre; luego, platicamos sobre él y que era uno de los últimos grandes seres humanos del siglo XX. Pienso que no fue una casualidad, sino una despedida para recordar que durante unos veintitantos años estuvo discretamente presente en mi vida y en la de tanta gente.

Te preguntarás qué tiene que ver todo este viaje con el objetivo de celebrar tu cumpleaños. Hace cuatro años que no puedo cantarte las mañanitas, darte una de esas  sorpresas que tanto te gustan, darte un abrazo. Así que voy dejándote mi huella, para que el día en que estemos juntos de nuevo tengas los regalos más importantes que un padre puede darle a su hija: aquello que he aprendido para salir siempre adelante con dignidad. Una herencia mayor que cualquier cosa, porque pasa de generación en generación, de frontera a frontera, de una raza a la otra.

Para mí, tu llegada ha sido el más grande regalo que me ha dado la vida y el que yo he dado al mundo, por eso sé que lo que pueda dejarte para tu bien es lo más importante. Madiba me inspiró tanto, que al primer proyecto que comenzamos, le pusimos ese nombre que ayuda a saber que no importa cuántas veces nos encontremos con el suelo, la mayor gloria es siempre ponerse de pie.

Cuando aprendías a caminar, buscaba impulsarte en todo momento a ir más lejos. Cuando eras más grandecita, te hacía saber que podías hacer lo que la imaginabas. Varias veces caíste, algunas te consolé y luego te ayudé a volver a explorar; en otras ocasiones, te levantaste sola.

Un día, en el parque, ibas de un juego a otro como todos los niños. En un momento, te quedaste pensativa por unos segundos, estabas poniéndote un reto. Caminaste decidida sin decir a dónde ibas y comenzaste a trepar un muro para escalar, sin pedirme ayuda. Al llegar la cima, volteaste orgullosa y sellaste con un “¡Bravo!” tu victoria, que la abuela y yo celebramos aplaudiéndote con mucha felicidad.

Supe que estaba enseñándote bien, porque así he aprendido de gente cercana y personas ejemplares para la humanidad. Ésas son las cosas que quiero dejarte para que construyas un alma inconquistable.

Feliz cumpleaños, hijita.

Te ama,

Papá